Cruz Vázquez Rouco

Hay palabras que corren detrás de ti, se hacen las encontradizas, se asientan en tu cerebro y no puedes obviarlas.

En esta historia la palabra protagonista es BAMBÚ. Cuando la pronuncias es suave, y sale de tus labios con una magia como cuando de niña jugabas a soplar y formar pompas de jabón llenas de color. La vida adquiría otro matiz.

Y así, suave, verde y fresca, brotó un día esta palabra de los labios de una gran amiga, cuando ya se me había presentado varias veces a raíz de un libro, una fotografía, un escrito, y quizá un presentimiento.

Varias mal llamadas ” coincidencias”, habían cosido nuestra amistad con hilos alquímicos. Tuvimos encuentros fugaces, pero intensos. La vida transcurría con sus pequeños y grandes accidentes cotidianos y con sus pequeñas o grandes satisfacciones, también cotidianas. Pero cuando volvimos a coincidir, las dos habíamos sido arrastradas por un tsunami, que podría nombrarse de tantas formas como mujeres hay que han sido revolcadas, despeinadas y despojadas al fin de una fuerza tan intrínseca como son sus cabellos.

Una devastadora ola, que se extiende barriendo todo paisaje anterior, para dejar un desierto embarrado, un paraje de arenas movedizas, en el que petrificada, te aferras con las uñas a todo aquello que flote, y no sabes dónde terminará tu capacidad de resistencia. Esta vez es el cáncer de mama.

En el maremagnum de daños colaterales a veces lo pierdes casi todo. Las pertenencias, el trabajo, los apegos si hay suerte, las viejas creencias (si hay más suerte aún), y parece que alrededor apenas unos pocos se dan cuenta. Por eso, un abrazo en silencio, una mirada cómplice y una palabra con un sentimiento común, unió con lazos (que no rosas ) a dos naúfragas en un mismo mar. Y así se comienza, de nuevo, plantando semillas y buscando recodos en el camino donde reponer fuerza y firmeza, donde llorar barro y escuchar del viento un consejo de como vivir. Y el viento respondió con una ráfaga de un cimbreante bambú.

Las semillas de bambú se plantan, se abonan, se riegan…. Y parece no ocurrir nada. Todo se mantiene aparentemente estéril y se corre el riesgo de abandonar. Pero pasados unos 7 años, número mágico desde tiempos inmemoriables, salen los brotes como un milagro, según cuentan, y en 6 semanas llega a crecer hasta 30 metros. Esos 7 años las semillas han estado creando un entramado de raíces, tan sólidas como para soportar una gran altura, como para sortear los vientos más enfurecidos…

Y ese modelo de naturaleza caló hondo en nosotras y nos unió en nuestro encuentro.

Tener sólidas raíces, los pies firmes en la tierra, firmes como roca, pero bailar y mecerte con cualquier viento, ser flexible y no quebrarte. Ser como un bambú.

Decididamente, pintaría ese cuadro que expresara la fuerza y serenidad que iban esbozándose en esta nueva aventura. La vida nos estaba brindando un nuevo giro, una nueva perspectiva, un fuego salvaje y purificador que calienta cuando fuera todo está gélido y tus ensoñaciones mentales se han petrificado como carámbanos. Tiempo después, en un nuevo encuentro, estábamos más bellas, más fuertes, llenas de magulladuras, de cicatrices y de borbotones de vida en todas sus múltiples expresiones. Decidimos materializar esa idea y buscamos durante un tiempo un lugar asequible donde encontrar un bosque de bambú. No encontramos bambú japonés, pero si un jardincito de bambús cercano a casa, la vida nos llevó hasta él, en una casa rural de Cantabria donde yo pude fotografiar, abocetar y materializar esa idea que había anidado en mi cabeza desde hacía tiempo.

Quizá por aquello del bambú japonés, comenzamos con un pequeño ritual del té en el jardín. Hacía sol, había paz, nadie apareció durante todo el proceso de buscar la luz adecuada, el gesto preciso y la mirada desembarazada de todo lo superfluo. Nuestros sentidos estaban puestos en manifestar esa danza que nos provocan los vientos de la vida, cuando decidimos no oponer resistencia a lo que es, a lo que viene, a lo que hay en ese momento. A la opción de doblarse, que no doblegarse, pero volver al lugar donde habita nuestra fuerza, una y otra vez.

Y de ahí nació un cuadro, una amistad, una esperanza, un sueño, un recuerdo, una historia y un aprendizaje de vida.

Una historia paralela de mujeres que han coincidido.

 

Cruz Vázquez

 

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Autor

Cruz Vazquez Rouco