Cruz Vázquez Rouco

Óstrakon quiere decir cáscara de huevo, caparazón de tortuga, caparazón en general. En tiempos de Platón y Aristóteles, las mujeres tenían prácticamente el mismo estatus social que los esclavos, lo que suponía que no podían participar en la política ni tener derechos cívicos.

En Grecia uno de los castigos era el ostracismo, el exilio forzoso, la imposibilidad de participar en la vida social, imprescindible para ser alguien. La mujer no era ciudadana sino hija o esposa de ciudadano. Salvo en Esparta, no había escuelas especiales para muchachas y la educación no se dirigía a ellas. Parece ser que tan sólo Safo, la poetisa de Lesbos, dio oportunidad a un grupo de mujeres en el s.VI a.C. donde se formaban en la poesía, el canto y la danza.
El matrimonio no era una relación escogida personalmente por ella, sino un contrato entre el padre de la novia y su futuro marido.

Pensar en todo esto, hace fácil la asociación de la ostra con la mujer. El ostracismo que durante siglos ha vivido. Con su rugosa, áspera y dura piel, esculpida de texturas de caprichosos fósiles, sueños enquistados y retenidos, labios con sonrisa de Gioconda que siempre han susurrado hacia dentro, o hacia fuera, pero colocados en otros rostros. Algunas ostras, sin embargo se han abierto… mostrando una maravillosa perla.

Cuando la mujer decide abrir su tan guardada iridiscencia, brillan con luz propia. Abre la esencia del alma de una mujer, y verás que ocurre…

 

Dedicado a los buscadores y buscadoras de perlas, con el coraje de adentrarse en la profundidad del propio océano.

 

Cruz Vázquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comparte este artículo

Autor

Cruz Vazquez Rouco