Cruz Vázquez Rouco

Todo ser humano lleva almacenado en su mente pequeños espacios de información desde que nace. El cerebro se va llenando de recuerdos, de historias; como dice una gran amiga, tengo infinitos cajoncitos y mi mente no puede pasar a otra cosa o descansar si no cierro los que me han quedado abiertos.

Las mujeres parece que tenemos más cajones llenos, quizá porque no llegamos nunca a vaciar lo que ya no sirve y no tiene utilidad; ocupadas muchas veces  en ordenar y cuidar los baúles ajenos, de la pareja, de los hijos, de las madres etc…Somos cuidadoras natas, pero muy a menudo descuidamos nuestra propia casa interior, el hogar donde reside nuestra naturaleza más auténtica.

 

Y llegan esos momentos, en que ciertos cajones se abren como por un fuerte golpe de viento; y vuelan los sueños  empaquetados que de  niñas nos aconsejaron guardar; sangran heridas de las que no teníamos conocimiento; bullen sensaciones y recuerdos, que vienen envueltos en niebla.

Aparece una temerosa niña pidiendo amor, reclamando un abrazo, queriendo salir a jugar.

Una niña que se hace oír en cada uno de nuestros más salvajes impulsos, en los días en que todo parece un sinsentido; en que intuimos haber querido otras cosas para nosotras.

 

Ella nos acompaña a lo largo de nuestra vida y  es la que grita, la que llora, la que habla por nosotras, cuando dice lo que no queremos, o lo que si queremos pero no nos atrevemos, porque ella no piensa; ella siente y se expresa visceralmente cuando no está demasiado embalsamada. La niña ha ido guardando en lugares a veces muy recónditos de su mente, todas aquellas imágenes que han impactado a sus ojos límpidos y abiertos; todas aquellas hojas de instrucciones y tantas cosas…que horadaron su tierno corazón.

Sobre todo, las heridas que no ha cerrado, que nunca ha curado, porque se han quedado olvidadas en cualquiera de esos cajones de su inconsciente, hasta que en determinados momentos de vida…¡¡¡ la vemos!!! y nos hacemos partícipes de su necesidad de liberación. En esos tiempos de nada, de vacío, es cuando tomamos su mochila y la vaciamos. Es cuando la abrazamos y recogemos sus temores, que podemos deshacer entre los dedos.

Ya no somos la niña desvalida, ya no creemos que no podemos trepar al árbol; ya sabemos que no necesitamos que nos aprueben constantemente; ya sabemos que valemos por nosotras mismas; que nada es lo que parece, que todo lo que nos han dicho puede o no puede ser,  y sabemos lo que tiene que ser y lo que hay que hacer en cada momento, si por fin nos escuchamos en el silencio.

Quizá la niña siga escondida detrás del árbol, pero sus llamadas las respondemos ahora con un guiño, con la pícara sonrisa de quien jugando recoge como una maga sus temores y los deshace entre los dedos, como humo… y aparece UNA MUJER.

Cruz Vázquez

 

 

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Autor

Cruz Vazquez Rouco